A las 11.45h, sin esperar mucho, la Hermandad del Polígono de San Pablo, nos presauciaba lo que sería una Semana Santa que empezaría muy a nuestro pesar a descomponerse. La Hermandad del Señor Cautivo y la Virgen del Rosario Doloroso, decía no realizar este año Estación de Penitencia a la S.I Catedral.
Bajo el llanto de un barrio desconsolado que deberá de esperar algo menos de un año para volverse a encontrar con sus titulares, algo que consiguieron en el Tiro de Línea, cuando tras una larga espera, pudimos volver a ver al Señor Cautivo y la Reina de las Mercedes por el Parque.
A las 15h, dos puntos, el Tardón y Santiago, abrían sus puertas y salían sus largas filas de nazarenos de colores verde esperanza, morado pasión y blanco pureza, acompañando al Señor ante Caifás y al Señor de la Redención, seguidos de sus Madres de la Salud y la Virgen siempre hermosa del Rocío.
Habría que esperar tres horas más, para que después de una larga espera de tres años, las puertas de San Andrés volvieran a abrirse ante ese maravilloso conjunto del Translado al Sepulcro. No muy lejos de allí, en el torero barrio del Arenal, la Virgen Niña de A. Duarte, Guadalupe, volvía a encontrarse con su barrio que la esperaba entre las Aguas del amor.
Nos marchamos a San Vicente, y vemos a ese maravilloso crucificado gótico, que desde la calle Jesús de la Vera Cruz, pone el sentimiento y la conmoción tras un mar de capirotes negros, que volverán a verse a su paso por la Plaza del Museo a los sones del Maestro Tejera tras la siempre hermosa Virgen de los Dolores, de la Hermandad de las Penas.
Y por fin, desde el Museo, surge el amor, el azahar, el jazmín, el negro azabache que se combina con el dulce aroma de las rosas de ese maravilloso palio calado que a los sones de Virgen de las Aguas hace cada año su salida procesional a las calles de Sevilla. Son momentos sobrecogedores, de ilusión, de armonía, en los que el tiempo pasa y pasa de forma rápida, sin darnos cuenta, mientras observamos a la siempre hermosa Virgen más humana de Sevilla en su caminar viendo como se pierde en la oscuridad de Alfonso XII su reluciente manto azul pavo.
Así finalizó una jornada de ensueño, con ocho reinas en la calle, pero con la espinita venida desde el Polígono de San Pablo y bajo el llanto de amor de la Virgen del Rosario.


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