Tras la terrible jornada experimentada el Martes Santo, el tiempo nos concedía una tregua y nos dejaba disfrutar de un Miércoles Santo que sin duda prometía ser bastante especial, pletórico, lleno de luz y celeste. El sol lucirá en Nervión, San Bernardo, San Lorenzo, la calle Feria, el Arenal, San Pedro, San Vicente y la calle Orfila.
No cabe duda, que como cada año, todo comenzaría en el barrio de Nervión, que a pesar de tantos y tantos kilómetros que separan a este barrio sevillano de la Catedral, se esfuerza cada año por llevar a Cristo crucificado y a su Madre de Consolación al corazón de los sevillanos. Esas túnicas color azabache, dejan paso a unas túnicas de color malva y negro que preceden a Jesús de la Salud, que entre un mar de claveles rojos, se despide de su barrio torero de San Bernardo seguido de su guardia de gala, y del sentimiento de su barrio. El sol lucirá en los varales dorados de la Madre del Refugio que llora a la luz de la luna llena cuando retorna de nuevo a su barrio.
En la calle Feria, la Salve Marinera nos presenta a una Hermandad que ha luchado durante mucho tiempo por llegar a conseguir sus objetivos, llevar a su Madre del Carmen, en su navío de azul terciopelo hasta el alma hispalense. En San Lorenzo, la Virgen de la Palma se presenta ante su barrio a los sones de la marcha de Marvizón, siguiendo a su Hijo del Buen Fin que avanza por la calle Alcoy a los sones romanos de la Centuria.
En San Martín, túnicas rojas color sangre, sangre que mana del costado del Señor cuando Longinos un año más, clava la Lanzada del dolor y a la par del amor, al Padre eterno de San Martín, en una perfecta simbiosis con ese maravilloso navío gótico que antecede a la siempre hermosa Virgen del Buen Fin.
Y el Arenal se vuelve a encontrar con su Hermandad torera, se vuelve a encontrar con esa iconografía que ideara Miguel Ángel, y que seguirá hasta el día de hoy, la Piedad de la Virgen María, que cada Miércoles Santo muestra el dolor y el desconsuelo de una Madre por su Hijo. Le sigue la siempre bella Virgen de la Caridad, Caridad del Guadalquivir, Caridad del Baratillo.
Es de Burgos, y es Jesús, túnicas de ruán negro, las únicas de la jornada, y que nos conducen hasta ese maravilloso paso de caoba, y ese monte de lirios en el que Jesús de nuevo volvía a ser Crucificado y muerto ante la mirada de la Plaza de San Pedro. Tras Él, su Madre Dios de la Palma, que llora desconsolada cada madrugada al cielo de Sevilla.
San Vicente llora, San Vicente se llena de Misericordia, de Campanilleros y de aires jienenses, entre un mar de fieles, esas filas de nazarenos color blanco y carmesí, anteceden a Jesús de la Divina Misericordia, que carga con la cruz de los pecados, y en la cual será crucificado mientras pronuncia sus Siete Palabras. No hay cosa más bella en Sevilla, que el techo de palio de la Señora de la Cabeza, perfecta armonía de la Semana Santa Hispalense.
Calle Orfila, sentimiento del gremio de los Panaderos, desde la Capilla de San Andrés, sale ese maravilloso misterio del Prendimiento, que cada año con el izquierdo por delante cautiva a Sevilla entera seguido de su Madre de Regla, que este año será madrileña.
Así fue la crónica de una jornada digna de recordar, llena de sol, clasicismo y sentimiento.



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